Duvalín
Fue en octubre del 2015, bajo el puente en la entrada de Cosoleacaque, Veracruz, venía dentro de un estuche verde muy bien protegido, lo traía colgando sobre un hombro el dueño Daniel Jacobo, que con amabilidad accedió a prestármelo, abrí aquel estuche y lo tomé. Tenía entre mis manos, por primera vez, un requinto jarocho. Lo observé de todos lados, las vetas que tiene la madera de cedro, la forma de la palma que siempre se me ha hecho como la pata de un león. Lo soné, escuché sus cinco cuerdas y no dudé en tratar de hacer alguna melodía, aun sin saber cuál era su afinación, le regresé su instrumento a aquel “jaranero” y tocó algo para mí, una Guacamaya y un Buscapiés.
Hasta ese momento llevaba 18 años haciendo música, fue una gran fortuna encontrarme ese instrumento que tanto cambió mi vida a los 30 años. Mi madre me había dicho durante mi adolescencia que si no llegaba a hacer algo de mi vida a los 30, ya no haría nada, y justamente cuatro días antes de cumplir los 31, el requinto apareció en mi vida.
Antes de eso tocaba varios instrumentos de percusión, algunos de cuerdas y de viento, mi favorito era la guitarra, pero siempre sentía que algo me faltaba, no me sentía completo.
La guitarra me acompañó en mis viajes, presentaciones, trabajos, de hecho, desde que tenía 18 años me mantenía de la música tocando en la calle, en restaurantes, eventos privados y eventos públicos, ya había pasado por varios Cervantinos, Cumbres Tajín, Festival de las almas y había tocado en otros países. A veces cambiaba la afinación de la guitarra junto con las cuerdas para tratar de hacer cosas nuevas.
Cuando conocí el requinto traía conmigo una guitarra requinto electroacústica que había comprado en Paracho, Michoacán, y la traía afinada como quinta de golpe o jarana michoacana, dado que ya me había aburrido un poco su sonido. Fue tal el impacto del requinto jarocho en mí que visité a varios lauderos en Jáltipan, Veracruz y vi varios presupuestos. Fue Don Bonifacio Díaz Turent, quien de su bodega sacó un requinto pequeño de madera de aguacate, un poco viejo, y mixto de cuatro cuerdas, pero que también podía afinarse de cinco cuerdas. Me dijo que fue de los primeros que hizo y que tenía casi cinco años con él, ya que nadie lo había querido, por lo que me lo dejaría en un precio muy bajo, en mil doscientos pesos.
Junté durante casi un mes y medio para poder comprarlo e iba a ver el requinto cada que podía, preguntaba su precio una y otra vez, con la esperanza de que Don Boni me diera un precio más bajo, pero eso no pasó.
Entrado el mes de diciembre y las posadas, conocí a un maestro, llamado Edson, quien traía una guitarra cuarta (requinto jarocho más grande) y le comenté mi plan de comprarme un requinto, y a modo de animarme me regaló su espiga con la que estaba tocando para que cuando comprara mi instrumento lo pudiera tocar.
Lo primero que hice al tener el tan deseado requinto en mis manos, fue regalar la guitarra con la que había llegado a Jáltipan y así, a modo de reto, obligarme a aprender a tocar el nuevo instrumento, ya que era mi único medio para generar ingresos. Lo preparé poniéndole un espejo para reflejar las malas vibras, como en algunos lugares es la creencia, le puse también un amuleto de hueso de fraile para protegerlo de las envidias.
El requinto llegó con todo un cambio radical en mi forma de vida, inclusive de género musical, pasé de tocar de todo a meterme de lleno al son jarocho. Toqué en las posadas, en los fandangos, en la rama, e incluso en Tlacotalpan, en el encuentro de jaraneros del día de la candelaria. Conocí también a otros requintistas, asistí solo a un taller de requinto, ya que el instructor me dijo que afinara mi requinto en la afinación que él traía y yo me negué, pues de hacerlo me vería en problemas monetarios, ya que con la afinación que yo traía podía tocar algunas canciones y generar dinero en los camiones, vi amenazada mi forma de sustento. Conocí también a Kevin, de los Alebrijes, cuando estaba un poco decepcionado por la situación con el maestro requintista y haciéndome a la idea de que si quería tocar son, necesitaba cambiar la afinación, fue en un fandango en Tuxtepec, Oaxaca, donde Kevin, a quien admiraba por su destreza tocando requinto, pidió prestado mi instrumento, le advertí que estaba en otra afinación, y como si nada comenzó a tocar con la misma habilidad y destreza con que tocaba su instrumento, me dijo que él había comenzado a tocar con la misma afinación que traía mi requinto y fue en ese momento que mis ganas de seguir regresaron.
Volví a Morelia tocando el requinto jarocho, salí a tocar con un viejo amigo que sabía sones, Gizhe, y tocamos sones michoacanos y jarochos. Al siguiente día, trajo a un amigo llamado Tona, quien también tocaba sones, y ese día me invitó a tocar, junto con otro amigo de ellos en un lugar llamado La pulke.
Gizhe, Tona, yo y el nuevo amigo, de apodo Caliche, tocamos unas tres horas de sones un miércoles, y la dueña del lugar nos hizo la invitación de seguir tocando todos los miércoles, en ese momento nació Sonaxa, el grupo con el que pude desarrollar mi habilidad con el requinto, y así tocar sones de diferentes partes del país. Cada vez me enamoraba más del requinto.
Mandé a barnizar y reentrastar mi requinto jarocho, así que para no quedarme sin instrumento compré un ukulele de palo escrito, hecho en Paracho, y también lo acondicioné y toqué con él casi un mes en lo que me entregaban mi requinto. Luego tuve la oportunidad de comprarme un bajito, también conocido como guitarra viajera, y la acondicioné como requinto. Después compré una jarana, a la que, en un viaje, hecho a la Huasteca, tuve que afinar como requinto y su sonido maravillaba a quien la escuchaba, tanto que, a Don Noé González, considerado como uno de los mejores requintistas del son jarocho por su aportación con Don Arcadio Hidalgo en un disco hecho por la Fonoteca, le gustó.
Luego de esto, compré un requinto nuevo, hecho por Armyn Palomares, un requinto rústico de cedro, hecho en Veracruz, que fue pintado con detalles de flores como arte oaxaqueño o maque uruapense; un año después, en el 2018, en una visita que hice a Wicho Lara en Cosamaloapan, Veracruz, intercambiamos requintos. Traía un requinto del maestro Wicho y sentía mucha emoción, requinto que ahora pertenece a mi amiga Yanin y anda en Canadá, echando sones.
En el 2018, en septiembre, me quedé sin instrumento y con el dinero obtenido por el requinto de Yanin, comencé a comprar herramienta, tuve que pedir prestado instrumentos para poder tocar en eventos y seguir comprando el material para poner mi taller de laudería y un mes después nació Duvalín, mi primer requinto hecho en mi taller, un requinto muy rústico y más grande de lo normal, con el cuerpo de rosa morada o mejor conocido como roble, diapasón de cachimbo (una madera de Chiapas utilizada para hacer marimbas) y tapa y tapilla de parota bicolor, como chocolate con vainilla, y que me ha acompañado durante estos dos años.
Le puse nombre, le he dado baños de luna llena, lo he restaurado tres veces, ha tocado al lado de Ampersan, el Mastuerzo, Sonaxa, La Miringua y Son y tradición, entre otros músicos.
Duvalín tiene ahora un relevo, un requinto primero hecho por mí en Zihuatanejo, que tiene una compañera, una jaranita primera hecha del mismo árbol; ambos están hechos para aguantar largas temporadas mochileando en lugares y climas diferentes, un requinto con su espejo, símbolos y amuletos, y una jarana de batalla, con la rudeza que se necesita para este tipo de viajes.
Hace unos meses escribí este texto, antes de la pandemia, ahora ya también Duvalín tiene una compañera, una jarana tercera hecha con un tablón de cedro comprado el mismo día que compre el tablón con el que lo hice, todo este tiempo había estado secándose.
Recuerdo que cuando era niño pensaba que siempre, a dónde quiera que fuera, estarían la luna y mi guitarra. Espero en muchos años más contarles sobre los viajes, la luna y Duvalín.
Jonathan Bejar
